Un llamamiento esencial

Por Jaime Hernán Cardona

“El cual así mismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6).


Uno de los peligros de este tiempo es desconocer lo que somos y lo que tenemos, pero más peligroso aún es cuando nos olvidamos de Aquel por quien son todas las cosas, el que nos hizo ministros de un nuevo pacto, Jesucristo, el olvidarnos de quiénes somos, nos puede llevar a menospreciar lo que tenemos en Dios y hacerlo común, convirtiéndonos en profanos de un ministerio tan sagrado dado por Dios, pues el texto sagrado nos dice, “El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (Salmos 49:20).


Los que entendieron la trascendencia de esto, abandonaron tierra y parentela como Abraham, renunciaron a heredar tronos como Moisés, asumieron desafíos como Gedeón, rompieron con su pasado como Elías, desestimaron estratos sociales y niveles académicos como Pablo, en resumen, lo dieron todo por su llamamiento.


Cualquier posición que uno considere privilegiada, palidece ante la dignidad de ser siervos de Dios. Nuestro llamamiento sobrepasa el aquí y el ahora, tiene unos objetivos que van más allá del púlpito.


Todo esto obedece a su origen, en la carta a los Efesios (4:10-11), el apóstol Pablo pone de manifiesto que el ministerio es dado por Dios. Es interesante notar el énfasis en el hecho que fue “Dios mismo” el que los constituyó, con el fin de perfeccionar a los santos para hacer su obra. Pablo afirma que fué el Señor quien lo tuvo por fiel poniéndolo en el ministerio, el escritor a los Hebreos (5:4) dice que nadie toma para sí esta honra, en relación con el Sumo Sacerdote, pero aplicable al ministerio solo aquel que es llamado por Dios.


Si quisiéramos un ejemplo de cómo el llamado es facultativo de Dios y de nadie más, se puede tomar como referencia cuando el apóstol Pablo y Bernabé fueron llamados por Dios para ir a las naciones (Hechos 13:1-4), se encontraban sirviendo al pueblo del Señor con humildad y sencillez de corazón, usando los dones espirituales a favor de la Iglesia y fue en medio de ese servicio que el Espíritu Santo habló; la lacónica aseveración divina, “apartadme a Bernabé y a Saulo” no admite discusión.


Para nuestro beneficio, podemos decir que esto sucede cada vez que alguien es llamado al santo ministerio, aunque los acontecimientos se den en otro contexto y con otros protagonistas.


Frente a este llamamiento, hay unas características que se convierten en requisitos para ejercer el ministerio, las cartas pastorales para Timoteo y Tito dan cuenta con “lujo de detalles” de esos rasgos que innegociablemente deben estar en la vida de los ministros. Sin embargo, estas cualidades son subsidiarias al llamamiento y no son el llamamiento en sí. Sin duda habrá creyentes en nuestras congregaciones con este palmarés, pero sin llamamiento.


Por eso antes de ejercer este honroso ministerio se debe estar completamente seguro de ser llamado por Dios, “porque nadie toma para sí esta honra sino quien es llamado por Él” (Hebreos 5:4).


No perdamos de vista que los ministros existen, porque existe la Iglesia; para perfeccionar a los santos. El motivo por el cual Dios constituyó ministros es por causa del pueblo de Dios, por eso la prioridad del ministro es la oración y la Palabra para formar al pueblo, no con filosofías humanas, ni con palabras persuasivas, sino con la poderosa palabra de Dios que es viva y eficaz.


“Te encarezco delante de Dios y del señor Jesucristo que juzgará a los vivos y los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4: 1-2).


Resumiendo, la grandeza del ministerio está soportada en su procedencia, nace en Dios; por eso el ministerio debe ser visto como algo honroso y hermoso. Los ministros existen por causa de la Iglesia y no al contrario, “…y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10-16).


La Iglesia de hoy requiere de hombres realmente llamados por Dios, cabe decir que, si el llamamiento no fuera auspiciado por Dios, el fracaso estaba servido. Ministros llamados que amen a Dios más que su éxito personal, pastores que amen la palabra de Dios y alimenten al pueblo, pastores que su prioridad sea la oración y la comunión con Dios, pastores que sean fieles aunque no sean populares, hombres que se quebranten ante la presencia de Dios velando por la grey que está a su cargo y a la vez sean firmes para corregir el pecado con misericordia y verdad.